|
CORTINAS
Durante todas las vacaciones
que tuve en el colegio secundario
trabajé en una fábrica de cortinas
de junco isleño.
Medía y cortaba sombras,
hacía un rollo y las ataba con hilo
para desplegar la oportunidad de la luz
en las ventanas estivales.
Había un gran telar
que cuando funcionaba
ponía en movimiento con estruendo
de marcha, su ejército
constructor de tinieblas.
La naturaleza del material
les otorgaba una duración limitada,
se secaban los juncos o los hilos
o directamente se pudrían
y la luz se filtraba nuevamente
enfrentando con éxito a lo perecedero.
Luego llegaron otros materiales
y esta actividad fue desapareciendo.
De aquellos años recuerdo
mi sencilla artesanía de hacedor
de inocentes sombras fugaces,
de verdosos sube y bajas pasajeros.
Después, los años insistieron
en sumergirme en otras sombras
más tenaces, sin haber logrado siquiera
conservar aquel filoso cuchillito
con el que parcelaba la oscuridad
cortando los hilos
de aquella cinta continua
que desfilaba con sus soldados de juncos
en los frescos galpones suburbanos.
|